En el desvelo de mi noche, tras el intento fallido de dormir ausentándome de los sueños, el grito destemplado de un gato me revolcó en la cama. No sé si grité, sólo sé que quedé inequívocamente despierta. El carácter inefable de mi insomnio taquicárdico me ha llevado a pensar, a mordisquear mis desilusiones. Por más que trato de evitarlo, no dejo de rumiar mi desazón con sentencias fijas: Esto quizás nunca fue para mí... ¿Será que tenían razón? ¿Qué es esto que me pasa?Ahora, como soy sólo una payasa triste, vestida con los peores harapos para disimular mi pena, resultó ser que ni siquiera el reloj era análogo... Por ende, ¿dónde quedaron las agujas de lo digital?
Es esto, opresión del destino; sinsentido del corazón; juerga escandalosa de mis miedos; destrucción ante dos eventos, separados por pocas agujas de ese reloj tan pueril: El despiadado ataque de la metralla de la palabra, de su presencia; y, también, de la falta de ella, del bombardeo de su ausencia.